domingo, 26 de julio de 2009

Recordatorio berlinés

Siete años anduve día y noche con una sola obsesión: ella. Si hubiera un cristiano tan fiel para con su Dios como yo para con ella, hoy todos seríamos Jesucristos. Día y noche pensaba en ella, incluso cuando la engañaba. Y ahora a veces en pleno trajín, a veces, cuando me siento absolutamente libre de todo eso, de pronto, al doblar una esquina quizás, aparece una plazuela, unos cuantos árboles y un banco, un lugar desierto donde nos paramos a discutir, donde nos transtornamos mutuamente con amargas escenas de celos. Siempre un lugar desierto, como la Place de l´Estrapade.por ejemplo, esas calles sucias y sórdidas que a las diez de la noche está tan silenciosa, tan muerta, que te hace pensar en el asesinato o en el suicidio, en cualquier cosa que pudiera crear un vestigio de drama humano.

Cuando comprendo que se ha ido, que quizá se haya ido para siempre, un gran vacio se abre y siento que voy cayendo, cayendo en un espacio profundo y negro.
Y eso es peor que las lágrimas, más profundo que el remordimiento o el dolor o la pena; es el abismo al que fué arrojado Satán. No hay modo de volver a trepar, ni un rayo de luz ni el sonido de una voz humana ni el calido contacto de una mano.
Cuántos miles de veces, al caminar por las calles de noche, me he preguntado si llegaría de nuevo el día en que ella estuviera a mi lado: miradas tan anhelantes las que dediqué a los edificios y estatuas, tan ansiosas, tan desesperadas, que ahora mis pensamientos deben de haberse convertido en parte integrante de los propios edificios y estatuas, deben de haberlos saturado con mi angustia.
Tampoco podía por menos de pensar en que, cuando habíamos caminado uno al lado del otro por aquellas calles sórdidas y sucias, tan saturadas ahora con mi sueño y mi anhelo, ella no había obsevado nada, no había sentido nada.
No recordaba que en cierta esquina yo me habia detendio a recoger su horquilla ni que cuando me agaché para atarla los cordones, se me quedó grabado el lugar en que había descansado su pie y permanecería allí para siempre.

Texto sacado de Henry Miller, pero que en cierto modo me recordo a Berlín.

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