
Ahora que la he visto, puedo dar fe que es cierto: Wong Kar Wai, en “My Blueberry Nights” (”Mis noches de arándano”), el (des)amor como razón del cambio y el movimiento vitales; la materia, animada e inanimada, siempre. La ausencia como lugar en que el sentimiento adquiere su forma pura. Los componentes y las herramientas también se repiten: las canciones de amor que parecen guiar el montaje, auténticas directoras, a la vez que contenido profundo de la acción; la organización de la narración en pequeñas historias, pequeñas estaciones de ese tren, recreando incesantemente al personaje central; los tonos brillantes, los colores que salen como soles noche tras noche. La historia vuelve a ser simple: luego de una desilusión amorosa, una muchacha (la cantante Norah Jones, en su debut actoral) viaja “a X kilómetros de Nueva York”. Gran parte de la película se desarrolla durante este viaje, en donde la protagonista conoce a una serie de personajes que han perdido, o podrían perder, el amor que da sentido a sus vidas. Casi todos ellos vuelven a ser esas personas de frágil existencia, seres alejados de todo glamour, y perseguidos según una proporción de belleza casi trágica. Personas al borde de la precariedad que trabajan en la ciudad, y se pierden en ella y en los caminos que desde ahí escapan.
Wong Kar Wai crea un cine imantado por fuerzas intensas tan encendidas que pulverizan todo lo que, en otras manos, podría aparecer como mero efecto. De hecho, se trata de un cine que es efecto puro de las vidas que muestra: vidas que no saben seguir si no es por ese objeto ausente que les da y les roba el aliento.
Yo sin embargo me quedo con tres partes de la película:
- Porque no tiras ese frasco de llaves?
- No podría si no muchas puertas se quedarían cerradas para siempre.
*
- Esta reservado?
- Siempre lo estuvo, por si algún día volvías.
*
Y haberla visto contigo
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