
Sintió vértigos, y se tambaleó un poco y tuvo que apoyarse en la muralla y deslizarse con lentitud hasta que estuvo en cuclillas. En esta posición, mientras se recuperaba y frenaba su imaginación, empezó a oliscar la fatal fragancia con inspiraciones más cortas y menos arriesgadas. Y concluyó que el aroma de detrás de la muralla era ciertamente muy parecido al de la muchacha pelirroja, de esto no cabía la menor duda. Grenouille la veía como dibujada en su imaginación olfativa: no estaba quieta, sino que saltaba de un lado a otro, se acaloraba y se refrescaba, por lo visto jugando a algo que requería movimientos rápidos y acto seguido, inmovilidad... con otra persona de olor totalmente mediocre. Tenía una piel de blancura deslumbrante, ojos verdosos y pecas en la cara, el cuello y los pechos... es decir.. -Grenouille contuvo un instante el aliento, luego olfateó con más fuerza e intentó evocar el recuerdo olfatorio de la muchacha de la Rue des Marais- ¡es decir, esta muchacha aún no tenía pechos en el verdadero sentido de la palabra!. Tenía apenas un principio de pechos, tenía ondulaciones indescriptiblemente suaves y apenas olorosas, rodeadas de pecas, formadas tal vez hacía sólo unos pocos días, tal vez pocas horas... tal vez en este momento. En una palabra la muchacha TODAVÍA ERA UNA NIÑA. ¡Pero qué niña!
A Grenouille le sudaba la frente. Sabía que los niños no olían de manera particular, tan poco como las flores aún verdes antes de abrir sus pétalos. En cambio ésta, este capullo casi cerrado del otro lado del muro, que ahora mismo empezaba -sin que nadie, excepto Grenouille, se apercibiera de ello- a abrir sus odoríferos pétalos, olía ya de un modo tan divino y sobrecogedor que, cuando floreciera del todo, emanaría un perfume que el mundo no había olido jamás. Ahora ya huele mejor, pensó Grenouille, que la muchacha de la Rue des Marais; con menos fuerza, menos exuberancia, pero más delicadeza, más facetas y al mismo tiempo, más naturalidad. Dentro de uno o dos años, esta fragancia habría madurado y adquirido una impetuosidad a la que nadie, hombre o mujer, podría sustraerse. Y la gente sería dominada, desarmada y quedaría indefensa ante el hechizo de esta muchacha sin que nadie supiera la razón. Y como la gente es estúpida y sólo sabe usar la nariz para resollar, pero cree reconocerlo todo con los ojos, dirían todos que era porque la muchacha poseía belleza, gracia y donaire. En su miopía cantarían las alabanzas de sus facciones regulares, de su figura esbelta, de su pecho impecable. Y sus ojos, añadirían, son como esmeraldas y sus dientes como perlas y sus miembros como marfil... y demás comparaciones a cual más idiota. Y la nombrarían reina del jazmín y la pintarían necios retratistas y su imagen sería pasto de los mirones, que la proclamarían la mujer mas hermosa de Francia. Y los jovencitos vociferarían noches enteras bajo su ventana, al son de la mandolina..., ricachones gordos y viejos caerian de hinojos ante su padre para pedir su mano... y mujeres de todas las edades suspirarían al verla y soñarían con ser tan seductoras como ella durante un solo día. Y nadie sabría que no era su aspecto lo que de verdad los había conquistado, que no era su belleza exterior, supuestamente perfecta, ¡sino únicamente su fragancia, magnífica e incomparable!. Sólo lo sabría él, Grenouille, que, por otra parte, ya lo sabía ahora.
¡Ah!. ¡Quería poseer esa fragancia!. No de una forma tan inútil y torpe como en el pasado la fragancia de la muchacha de la Rue des Marais, que se había limitado a aspirar como un borracho, con lo cual la había destruido. No, ahora pretendía apropiarse de la fragancia de la muchacha, que jugaba detrás de la muralla, arrancársela como si fuera una piel y convertirla en suya. Aún ignoraba cómo conseguirlo, pero disponía de dos años para reflexionar sobre la cuestión. En el fondo, quizá no era más difícil que arrebatar el perfume de una flor rara.
Se levantó y casi devotamente, como si abandonara un lugar sagrado o a una mujer dormida, se alejó despacio, encorvado sin ruido, para que nadie le oyera ni se fijara en él, para que nadie se apercibiera de su valioso descubrimiento. Así huyó, siguiendo la muralla, hasta el extremo opuesto de la ciudad, donde el perfume de la muchacha se dispersó al fin y él volvió a entrar en la ciudad por la Porte des Fénéants. Se detuvo a la sombra de las casas. El tufo maloliente de las callejuelas le dio seguridad y le ayudó a dominar la pasión que se había apoderado de él. Al cabo de un cuarto de hora volvía a estar completamente tranquilo. Como primera medida, pensó, no se acercaría más al jardín lindante con la muralla. No era necesario y le excitaba demasiado. La flor que crecía en él maduraría sin su intervención y, por otra parte, ya conocía las fases de su desarrollo. No debía embriagarse a destiempo con su perfume. Antes era preciso consagrarse a su trabajo, ampliar sus conocimientos y perfeccionar sus habilidades de artesano para estar preparado cuando llegara el momento de la cosecha. Aún tenía dos años de tiempo''' (pág 153). EL PERFUME. P.Süskind
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