viernes, 31 de octubre de 2008


De tener tiempo y mundo suficientes, 
no sería delito tu recato. 
Dónde ir pensaríamos, sentados, 
y en pasar nuestro amor en largo día. 
Tú, en las riberas índicas del Ganges 
en busca de rubíes; yo, plañendo 
en las ondas del Humber. Te amaría 
desde diez años antes del Diluvio: 
y rehusar podrías, si quisieseis, 
hasta la conversión de los judíos. 
Mi vegetal amor se extendería 
más vasto que un imperio y más despacio. 
Unos buenos cien años yo daría 
para alabar tus ojos y tu frente, 
doscientos adorando cada pecho: 
y quizá treinta mil en cuanto resta. 
Mil años, por lo menos, cada parte, 
si al fin tu corazón se me mostrase. 
Pues, Señora, mereces tal respeto; 
y amarte no podría a menos precio. 

Pero, detrás de mí, yo siempre escucho 
la carroza del tiempo, inexorable: 
y allende de nosotros se dilatan 
desiertos de la vasta eternidad. 
No tendrás todo el tiempo tu belleza, 
ni habrá de resonar en tu sepulcro 
el eco de mi canto: pues gusanos 
probarán tu inmortal virginidad: 
tu honor sin par se habrá tornado polvo; 
muertas cenizas todo mi deseo. 
La tumba es un lugar íntimo y bello, 
pero creo que allí nadie se abraza. 

Por eso, ahora, cuando un fresco tinte 
vive en tu piel cual matinal rocío, 
y mientras tu alma diáfana transpire 
por cada poro fuegos instantáneos, 
vámonos a gozar mientras podamos; 
como amorosas aves de rapiña, 
devoremos al punto nuestro tiempo, 
en vez de perecer entre sus fauces. 
Envolvamos, pues, todas nuestras fuerzas, 
nuestra dulzura toda, en una esfera: 
nuestros placeres, bastos, adentremos 
por el portal de hierro de la vida. 
Si parar no podemos nuestro sol, 
al menos obliguémoslo a correr.

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